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Queridos Mr Selby, Miss Julia, rector Pringle, directora Percival, cuartos medios A y B. Gracias por la invitación. Hace 25 años (más uno) que egresé de este colegio y di el discurso final; es un honor volver a contarles cómo me ha influido haber estudiado aquí para mi vida posterior. En todo caso, advierto que el aporte del colegio en la formación de una persona es limitado. Según especialistas en educación, el colegio determina alrededor del 15% del rendimiento académico posterior; el resto lo aporta la familia, amistades y otros agentes, como los medios de comunicación y las redes de contactos. Además, un estudio de la Facultad de Economía de la Universidad de Chile atribuía a las redes sociales (léase pitutos) la mayor parte del “éxito” en la vida laboral de los chilenos. Es decir, egresar de un colegio de élite y codearse con gente ídem resuelve buena parte del problema. En todo caso, el Redland sí tuvo un aporte destacado para mí: entré a los cuatro años al Kinder en 1970, cuando Mr Selby andaba en citroneta y Santiago terminaba aquí, y salí a los 17 de 4º Medio en 1982. Mr Selby ya no andaba en citroneta, pero Santiago seguía terminando aquí. |
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No obstante, ¿qué me aportó el colegio a mí? ¿Qué les podría servir a Uds?
Este colegio tiene un secreto, un tesoro escondido. ¿Lo encontraron?
Descubrí el tesoro secreto del colegio a inicios de la enseñanza media, gradualmente. Terminé de sopesarlo en Inglaterra, donde hice mis estudios de postgrado entre 1993 y 1998, como le reconocí hidalgamente a Mr Selby en una carta en que admitía que no era fortuito de que yo estuviera especializándome en Gran Bretaña y no en otro país.
En síntesis, ese tesoro, o lo que me aportó el colegio, consistía en cinco aspectos:
1. Conocimientos. Menciono tres aspectos
- El currículo general de los cursos. La enseñanza era de muy buen nivel, con alta exigencia. Aprovecho de recordar especialmente al profesor Enrique Vásquez de Matemáticas (fallecido), que si bien yo no estaba entre sus alumnos regalones, nos supo sacar trote.
- Los idiomas: claramente el inglés, pero en proporción fue incluso más fuerte el francés. ¡Bravo Madame Antonieta [Seguel], je vous aime toujours! Incluso en Francia me han preguntado dónde aprendí francés, y se han sorprendido de que lo haya aprendido en un colegio inglés.
- Actividades extraprogramáticas. Ahí aprendí inglés de verdad: en Teatro, en las actividades de música y deportivas.
2. Autonomía e independencia de criterio (individualismo). Este es un rasgo típicamente británico. Implica lo siguiente:
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Opinión propia y confianza en sí mismo, incluso al nivel de la excentricidad, como pasearse con un paraguas rosado por los Himalayas.
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Sano escepticismo ante “vacas sagradas”. El propio Mr Selby aceptaba sin problemas críticas feroces. Miro ahora las caricaturas que hice en la revista del colegio entre 1977 y 1982 y me llega a dar vergüenza lo deslenguado y poco respetuoso “con la autoridad” de mis dibujos. También me tocó hacer el discurso de despedida de los cuartos medios [en castellano, el discurso en inglés lo hizo Paz Ovalle], que fue muy crítico. Jamás he sentido más libertad que en el colegio, pese a que he estudiado y ejercido profesionalmente en el ámbito del Periodismo y las comunicaciones, donde este tipo de libertad es especialmente valorada.
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Tolerancia. Si yo estoy seguro de lo que soy y de lo que hago en virtud de la autonomía y el individualismo, me sale más fácil reconocerle a los demás ese mismo derecho. Esa tolerancia ante el otro es también muy británica.
3. Competitividad. Corresponde al afán de superarse de manera permanente, como decía recién el reverendo [anglicano Alfred] Cooper: never give up.
4. Redes sociales. Consiste esencialmente en las amistades y los amores de colegial, que me han influido hasta el día de hoy. Me sigo juntando con amigos del colegio, y son parte indisoluble de mi existencia. Pero estos contactos ayudaron además al siguiente punto:
5. Visión cosmopolita. Otro aspecto muy británico. El colegio, a través de mis compañeros, profesores extranjeros y actividades relacionadas a distintas partes del mundo, aportó una visión de mundo bastante amplia para ese entonces en que viajar era difícil y no había TV cable ni Internet. Ello me permitió conocer otras realidades, un ir más allá del estrecho mundito chileno de ese entonces.
Sin embargo, y como todo en la vida, este tesoro oculto del Redland tiene su lado menos positivo. De hecho, sus cinco aspectos también son fuentes de riesgo. Depende mucho de cómo lo administremos nosotros; eso no es necesariamente responsabilidad del colegio:
1. Conocimiento sin sabiduría. Hay que cuidar de no caer en el conocimiento sin sabiduría, en procurar sólo obtener buenas notas o absorber datos. Quizás porque era un colegio chico, por los tiempos en que vivíamos o por el tipo de familias que estaban matriculadas (en que no había mayoría de intelectuales), quizás faltó debate más de fondo sobre el sentido del saber que íbamos adquiriendo. Traten Uds de no caer en lo mismo. Luchar por puntajes más altos, en sí mismo, no tiene mucho sentido.
2. Autonomía e individualismo. Hay un aspecto egoísta y mezquino del individualismo con el que hay que tener cuidado. En un sentido, la autonomía es un rasgo que va un poco a contrapelo en este país acostumbrado al conformismo colectivo y que castiga la independencia de criterio.
Pero también hay otro aspecto de la autonomía a considerar, dado que el rector [Derek] Pringle aludió a colegios de élite británicos como Eton o Harrow: una amiga inglesa [Cecilia Swanne], me comentaba que en esos colegios, que cobran mensualmente entre tres y cuatro mil libras mensuales (entre tres y cuatro millones de pesos), los alumnos planchan y lavan su ropa, hacen su propia comida y se las arreglan solos. Al menos yo, no sé Uds, como colegial jamás lavé ropa, ni hice mi cama. Digamos que ni siquiera sabía hervir agua; lo tuve que hacer recién cuando me fui a estudiar a Inglaterra [entre 1993 y 1998]. Finalmente, yo estudié en una época en que el apoyo de psicólogos y ese tipo de especialistas era bastante menos relevante que hoy en los colegios, y muchos de nosotros nos sentíamos bastante solos a raíz de este enfoque en el individualismo.
3. Competitividad. Con mis compañeros de generación nos reconocemos bastante competitivos, una impronta del Redland. Pero en sí misma, la competitividad puede ser muy estresante y no es satisfactoria finalmente. Lo relevante de la vida no está en destacar sobre los demás sino en otro tipo de cosas más profundas y significativas, como señalaba hace un par de meses en una entrevista Revista del Sábado otro egresado de este colegio algunos años mayor que yo, Gonzalo de la Carrera, quien perdió a una hija en el accidente del colegio Cumbres. Y a propósito de eso, aprovecho de comentar la alegría que me ha dado encontrarme en esta ceremonia con la mamá de mi compañera de generación Patricia Denis-Lay, fallecida en un accidente hace años atrás. Ese tipo de cosas son las que realmente satisfacen.
4. Visión cosmopolita. La visión cosmopolita y anglófila que nos dio el colegio, al menos entre nosotros, fue a costa de cierta desconexión con el Chile real. Insisto que eso no era necesariamente falta del colegio, sino de nosotros mismos. Yo apenas ubicaba dónde quedaba la Alameda; casi nunca iba al centro. Me quedaba conforme con moverme por aquí arriba, donde todo era tan bonito. Me da vergüenza admitirlo, pero con mis compañeros hablábamos de “rotos” y de “chulos”. ¡Qué provinciano y chato suena ahora, sobre todo al haber vivido en Inglaterra! Chile es un país pequeño, de ingreso medio apenas. Hablar así [de compatriotas] suena bastante patético.
En todo caso, no se preocupen que les irá bien. Tienen todas las herramientas para salir adelante.
Mucha suerte y gracias.
Sergio Godoy Etcheverry
MBA, Universidad de Exeter
PhD, Universidad de Westminster
Subdirector de Investigación y Postgrado
Facultad de Comunicaciones UC
Egresado en 1982



